4log

 

¿Y si les contamos el día que nos robaron?

Mientras me decido a escribir, en mi cabeza empieza a sonar Visa Para Un Sueño de 4:40 y me surgen unas ganas enormes de tomarme una copita de vino.  Inmediatamente entiendo como cierta persona, a la que le gustaba gozarse la vida al máximo, me está mandando las instrucciones precisas de cómo quiere que les eche el cuento. Así que yo de bien mandada, procedo a acatar mis órdenes, me sirvo la pócima de mi preferencia y le pido a Alexa que me toque la tonada indicada. 

¡Ahora sí! Ya estoy lista y aquí les va:

Eran las 5 de la tarde de un soleado miércoles en el año 2013. No hacía ni un mes que habíamos abierto. La parada de Metrobus que quedaba en la esquina se desbordaba de gente y a la Avenida Balboa y Cinta Costera no les entraba ni el clásico alfiler. Los carros estaban bumper con bumper y la pitadera no nos dejaba ni escucharnos los pensamientos. 

Ya estábamos a punto de cerrar.  Marifer estaba del otro lado del counter contando el dinero para hacer el cierre de caja. Nuestros 2 saloneros acomodaban el salón y el personal de cocina estaba concentrado en su faena, dejándolo todo acomodado para el día siguiente.   No quedaban clientes dentro de 4 Bistro (GRACIAS UNIVERSO) y aparte del personal, solo estábamos Danny (mi otra naranja) y yo, sentados con nuestras computadoras, en la mesa de la entrada, adelantando trabajo mientras los acompañábamos a cerrar. 

De repente entra por la puerta un muchacho al que no se le lograba ver la cara de lo inclinada que tenía la gorra. Se acerca al counter y pide una soda.  Como un acto reflejo, Marifer cierra la caja y se agacha a buscar lo que le han pedido. Es en este momento que entran 4 hombres más, uno agarra a Danny y lo presiona contra la silla y otro me agarra a mi por el cuello.  El que había pedido la soda se pasa detrás del counter, tira a los saloneros al piso mientras les hace saber que tiene una pistola y le grita a Marifer que abra la caja y le entregue todo el dinero. 

Es aquí cuando la cosa se va poniendo buena.  Marifer se abraza a la caja como si su vida dependiera de ello. El tipo la agarra por el pelo y la empieza a jalar tratando de separarla de la caja, pero ella no se deja.  Es entonces cuando me doy cuenta de que ellos no están armados, que si hubiera tenido una pistola ya la hubiera sacado.  Así que decido empezar a pelear con el tipo que me tenía agarrada. “Muchachos, traigan los cuchillos de la cocina que estos HP no tienen pistola” le gritaba al personal de cocina. Pero mientras me trataba de zafar el hombre me apretaba cada vez más fuerte el cuello con intenciones de ahorcarme.  

Creo que estos tipos no se esperaban a semejantes locas temerarias.  Podíamos ver como los 5 hombres se desesperaban, no lograban quitarle la caja de las manos a Marifer y no lograban controlar mis golpes y gritos.  Como último intento para no salir con las manos vacías, uno coge las computadoras y celulares de la mesa, mientras los otros salen corriendo. Pero adivinen qué…detrás de ellos va Marifer correteándolos y atrás de ella, voy yo. 

Afuera, en la calle lateral, los esperaba un taxi Picanto al que se lograron subir. Pero Marifer se les guindó de la puerta y se la llevaron arrastrada. Y no es hasta que le sacan una pistola que ella se suelta del carro. Pero aún así, no para de correr detrás del carro, mientras recibe las miradas espectadoras de los inmóviles policías asignados a “cuidar” las oficinas de la DGI y el Senniaf que se encontraban en aquel entonces en este edificio.  Porque ustedes saben, lo que sea para evitar la fatiga, pero menos “Proteger y Servir”. 

Como era de esperarse, nuestras honorables instituciones nos hicieron subir y bajar escaleras en múltiples ocasiones y siempre siendo tratados como si nosotros hubiésemos sido los criminales.  Encima, sin importar que tan detallada, valiosa y precisa hubiese sido la información brindada en nuestras declaraciones, la policía jamás “fue capaz” de dar con los ladrones. Por suerte, como contábamos con un buen seguro de robos, más allá de un muy mal rato y una excelente anécdota que contar, pudimos salir sin cicatrices permanentes de este episodio. 

Y como de todo en la vida se aprende, desde ese día entendimos que cuando se cuenta plata se le pone llave a la puerta y que la cerradura eléctrica es una excelente herramienta para controlar el acceso y poder protegernos.  Pero la mayor enseñanza fue el saber que el arrojo de las hermanas Barría no lo podía frenar ni el miedo al miedo ¡METO!

Esta es una de esas historias de las que ahora me río. Pero la verdad es que Marifer y yo no teníamos noción alguna de lo que era el peligro.  Creo que peligro es una palabra a la que le logré encontrar algo de sentido el día que mi hermana murió.  Pero de esto les hablaré cuando haya logrado pegarle más pedazos a mi fracturado espíritu.

No hay una sola memoria de 4 Bistro sin ti.

 

No hay una sola memoria de 4 Bistro que no esté completamente amalgamada con Marifer.  Ella era más que mi socia, mi hermana y más que mi hermana, un pedazo de mi. 

Casi 9 años después, me encuentro sin poder entrar al lugar en el que pasé, en los últimos tiempos,  más tiempo que en mi propia casa. Así que he decidido que, aunque hablar de 4 Bistro es una de las tareas más complicadas con las que me tropiezo en estos momentos, contar nuestra historia me ayudará a recordar y sanar.  

No muchos lo saben, pero no soy chef ni pastelera. Estudié psicología, me especialicé en recursos humanos, pero nunca ejercí.  Y por alguna casualidad del destino, para la que no tengo mayor explicación, desde muy joven encontré mi profesión y sustento de vida en la construcción y administración de obras de construcción. Curiosamente, Marifer tampoco era cocinera, era abogada con una especialidad en administración hotelera y sumamente inteligente. O como la describía mi mamá cada vez que la veía perdiendo su tiempo: “con una de las inteligencias más desperdiciadas que conocía”. 

Creo que también es importante contarles que Marifer era casi 10 años menor que yo, porque esto definió significativamente como nos veíamos la una a la otra.  La distancia generacional era tan grande, que muchos pensaban que era mi hija.   Y no únicamente porque ella siempre pareció de 15 años y yo de 40; si no porque mi relación con ella, a lo largo de toda nuestra vida juntas, había sido más parecida a la que una madre tiene con su hija.

Pero a ver, empecemos la historia…

Un día, mientras regresábamos de supervisar un proyecto en algún país de Centro América, mi socio (arquitecto) en el negocio de la construcción, me cuenta de un edificio en Avenida Balboa, propiedad de uno de nuestros principales clientes, que contaba con locales comerciales en la parte de abajo.  Y así de la nada, como quien descubre que puede tener un hobby para distraerse de la realidad de la vida, empezamos a fantasear (fantasía en la que Marifer siempre estuvo presente) con la idea de que quizá sería “divertido” montar “alguito ahí”. 

 

Es mágico ver como el universo lo tiene todo claro. Como sin saberlo, sin saber que tan corto sería nuestro tiempo juntas, este invento llamado emprendimiento que en un inicio era sólo una distracción me dio la oportunidad de compartir intensamente (con énfasis en intensamente) con Marifer. 

 

Pocos meses después de nuestra conversación de avión, en agosto del 2013, 4 Bistro se volvía una realidad, pero quizá no la realidad que habíamos imaginado. La complejidad del proyecto nos ilusionaba, pero de la misma manera nos abrumaba.  Tantas veces pensamos en colgar los guantes, pero algo más fuerte que nosotras nos empujaba a continuar. 

 

Recuerdo no tener días libres, estar crónicamente agotada.  Trabajaba de lunes a sábado en mi empresa de administración de obras y los domingos, sin falta,  a las 7am estaba en mi puesto de trabajo en 4 Bistro lista para enfrentarme con uno de los oficios más estresantes que había conocido…atender el salón de un restaurante de desayunos en el sagrado día del brunch.

 

Pasaron cerca de 4 años antes de que pudiera dejar el negocio que me había mantenido por 15 años y decidiera entregarme de lleno al mundo de la restauración y cocina. Pero una vez decidido, le dimos con todo. Le apuntamos a crecer y con esto vino la mudanza.  Fue así como pasábamos de ser una minúscula esquina en un viejo edificio a un lugar que en sus buenos días de brunch,  rotaba más 250 personas.  

Entre días excelentes y otros no tan maravillosos, los años pasaron llenándose de muchos momentos que pasaron desapercibidos, pero que son ahora mi mayor refugio.  Como guerreras, llenas de miedo pero más miedo a no luchar, le pusimos el cuerpo entero a la pandemia y le ganamos la primera ronda. Y anticipándonos a lo que venia decidimos contraernos, mudarnos y aguantar.  Es entonces cuando nos mudamos a nuestra actual ubicación, volviéndonos a nuestros orígenes en tamaño pero con la ventaja de los años luz de experiencia y conocimiento adquiridos en el recorrido.

La ultima tarde que la vi, fue en 4 Bistro.  Mientras yo organizaba un pedido para el día siguiente, ella llegó, se sentó en la escalera, me pidió uno de mis moldes de cake y por supuesto le dije que no.  Que estaba segura de que me lo perdería. Se paró, se limpió con mis instrucciones, cogió el molde y antes de irse me dijo: “tranquila que yo te lo devuelvo mañana”. Me miró, se sonrió y me dijo su último adiós.

Hoy me encuentro viendo 4 Bistro desde el carro y a través de la vitrina.  Incapaz de entrar al lugar que me vio cambiar de forma tan radical que todavía me encuentro tratando de reconocerme. Pero me llena de fuerzas saber que mi hija está ahí, que lo entendió como suyo y que el legado continuará. Que Marifer seguirá viva en cada espacio de lo que construimos juntas.